La mente me había enredado de nuevo

Era una de esas conversaciones corrientes, cuando te visita alguien a quien hace años que no ves. Interesada por saber cómo va la vida, hace una pregunta que parece inocente.

Como respuesta, aparece una queja. Al momento, otra. Se establece casi un monólogo — lo único que transmito es una queja tras otra sobre ese asunto. Debe ser que tenía muchas guardadas, esperando salir. Mi amiga había abierto la veda.
Cada vez un poquito más intensa, sigo con mi perorata.

Lo curioso es que en otras ocasiones en que ha salido este tema, he parado enseguida. Pero ese día, no. Cuando me di cuenta, había pasado una hora sin dejar de soltar reproches, uno detrás de otro.

Me levanté visiblemente ofuscada. Y rápidamente vi que el malestar era conmigo misma.

«No me puedo creer lo que acaba de pasar.»

Me costaba dar crédito a lo que se desplegaba ante mi conciencia.
Tres minutos después repaso la conversación. Y oh — entiendo qué ha pasado.

Su pregunta había sido un estímulo. Eso generó una emoción que trajo de la mano la primera respuesta. Y de forma automática, trajo a muchos colegas con ella, brotando sin descanso. Se retroalimentaban entre sí: emoción — queja — más emoción — otra queja, sin que hubiera espacio para observar.
Así, hasta ocupar una hora que yo no vi.

A pesar de ser una observadora de la mente, no me di cuenta.

Me metí en el bucle sin percatarme de cómo había empezado, ni cuando estaba en mitad, ni apenas al final. Hasta que me callé. Y ahí se movió una ficha.

¿Qué ha pasado aquí?

Quedó claro. La mente me había enredado de nuevo.
Porque observarla no es una conquista permanente. Es un trabajo continuo. Y cuando menos lo esperas, las emociones intensas pueden tapar temporalmente esa capacidad.

Cuando esto ocurre, lo único que queda es el momento posterior — el asombro, la mirada hacia atrás, el ver lo que no se vio.

Eso también es parte del proceso.

Marina Latorre
menteresuelta.com